Pensé que era tal vez un logro del peldaño
devorado por ofensas de tropiezos,
el escandido efecto de una red transparente,
extraño vástago del tiempo, la amistad.
Un gran lomo nervioso le vi tener,
semejando hormigas obcecadas con el peso cierto.
Un grueso hilo de íntima satisfacción
que en los ojos destapa ropajes
y en plena cintura de un océano
accede al hueco de mi sueño en suciedad,
tratada con espesores mojados de su pluma
sobre la estupidez del trueno humoso.
Cerrando el árbol su color espejo
y en un desfile del silencio que abulta el hormiguero,
me adecuo la límpida pared del aire
de un agua urgente cuidadora.
Si alguien respondiera esta simple interrogante:
Que de pronunciar los vuelos, acaso
¿No sería prueba suficiente de merecer las alas
y posarse en la virtud del hollejo?
Como estoy cansado de esta fibra
mohosa de mi nombre, ya no respondo acogido
y prefiero ser un hecho de mi propia sombra
sin madera lucida en puerta, o el eco de una risa
rompiendo su escondite tan distante;
cuesta creer el secreto de mi esponja,
su fe en la lluvia, en la esculpida forma
que ostentan los goznes verídicos, total,
si nunca se abrirían como el fino vidrio
de esta copa imaginaria, que la rauda paloma
acerca en pico curvado por el viento.
Por eso le imagino un tono a la amistad,
el peso, la destreza de medir y una respiración
bajo las resentidas tablas de mis versos,
supliendo nuestras manos unidas
de aplacar el vacío carnal, que brama virtualmente
en ese racimo quemante de la indiferencia.