lunes, 25 de junio de 2012

Ellos traen mi paz


¡Vaya que uno amanece, en ocasiones, trunco!
                                                       Roque Dalton

Rozan el cristal de alborada íntima
revueltos los colores en vuelos sordos,
de una oleada efímera en su redoma 
de salón de cuatro caras diáfanas,
hacia un lado- hacia el otro el mudo instinto,
de triste mar guardando sueños de expansión,
cercados para hacerlos míos:
mareas tranquilas, gritos desgajados,
canciones de Simbad
contando las mil gestantes lunas.
Amanece quebrado el cielo de mi puerta
de horizontes azules inexactos
y el sol artificial los envuelve, 
en su vida concurrida
acatada en el fondo inerte y tropical,
donde desarmo mis ferocidades
en una simple burbuja de oxígeno.


domingo, 24 de junio de 2012

Pequeño pronóstico




 Hoy te he descubierto
y sopla la luz de tus rincones
en aquellos que sin querer
nunca has estado.
Nada se descubre del todo
en velos como aceros de tul
sobre esta espesa gravedad
que nos toca compensar.
No aventajan las campanas 
del cemento en este barniz circulante,
este trino del invierno,
mientras no zafo la hermética soledad
y recorro su planeta sin mirar atrás,
sin dar un paso al retroceso, o al destino...
¡Oh, pobres hepáticos!
ancianos y débiles, sin este rojo caliente,
latido y sangre que anda velozmente
con el poder de nuestra proteína esencial
para encontrar al amor.
Un manojo de horas indolentes
siente cosas por llegar desprendidas del alma.
El día asciende con nota de río
y el futuro le mira con envidia, 
por llevarse la mierda de toda la ciudad
pesada e ingobernable,
que ahora es parte de la vida exacerbada. 
Y allí donde una pelusa dibuja acrobacias
sin saber el rumbo, la pasión nada feliz,
hasta que se entrega sin anzuelos
flotando cual nenúfar radiante
y el sol, el mar vibran en su pobre orbitar
dedicándose a mejorar la flota
en mi interior, que anda desnudo por fuera
como un pez que hurta mi lengua.
Nada importa ahora
que la eternidad se inflama de este goce
tan proclive a las gustosas relevancias;
-perdón, hablaba conmigo-
mi cabeza engulle y pare a la vez,
cuando se trata de ti deseo que esta dicha
contenga tu figura y no alimente ciertas cosas
u otros cuerpos a la deriva,
sólo el egoísmo de fundirnos
encima de la autopsia de esta ciudad
izada con exasperaciones y tormentos.     

Letanía del poeta guardando su mundo



 
El poeta con prisa
sus ojos conduce
al tácito blanco absorto
en imágenes dormidas,
para tenerlas dentro
del muro de sombras
y escuchar los fantasmas del color
o los huesos eternos
en las extremidades del tacto.
Después, ceñido a sus párpados
en la más limpia cita individual,
mirará con oídos arrendados y herencia
de murciélagos maestros dibujantes,
al misterio ciego de un desnudo
sin salir de entre los bultos oculares.
Mueve así el hombre
sus ojos falsos insaciables,
con los que la metafísica del iris
nunca contó  cierta virtud.
Por eso planta ese mundo
que proyecta  imanes
brisados como luz 
y sostiene en alto el cielo rosa,
que ayer le bendecía
su nimbo poético
como un vuelo de flamencos azorados.
Transparente paz
guarda el bardo
con tela gruesa de su vida
salvando resplandor
y hasta una flor
de labio replantado,
bajo el hueco oscuro 
donde brillan sus diamantes
sin astilla de sol. 




Debajo del ciprés he visto mi historia



 
Sucio, el perro
hace belleza
con el hocico
elevando la gracia
de bebedor prematuro
y libre de su entorno.
Bajo la cordura del ciprés
tiene un charco
que es la boca oculta
del acecho subterráneo;
ahí estoy antes de morir mi vida
y tengo en cuenta la hermosa
vista del mar, el crepúsculo
cumpliendo de testigo
pero…en fin…
me he movido un instante
y… ¡zas…!
Las rendijas conniventes para mí:
escoplo y recebo
trabajo basura
que traen veinte años
mientras había vida en otra parte…
aquí, sin ir más lejos
y allá la ausencia de materia
segregaba sólo sueños
sin un claro desenlace;
allá donde existiría
un hombre convertido
en la foto del padre,
con el prurito de proponerse
unos versos bien nutridos...
-digo, provenientes del tendón firme
de su tierra desmejorada.
La poesía asiente en él
- hablaría de mí pero es secreto-
como el sol que baja
la escalera del árbol
y espía al viento revolcado
en el hambre del animal
y siento esa fuerza
de llanto clandestino
cuando la memoria alcanza,
hasta una cola sensualizada
tan relacionada a la palabra
y ya no puede caber
una instantánea
de esfuerzo, sacrificio
y bronco latido
involuntario e incondicionado
según la herida.
Ahora concluye y la nada
le mide el paso
ya termina
y se juntan las palomas,
con reflejos pensativos
y el perro gasta sus ojos
se da cuenta del error
sin dueño,
en su ladrido perdido
por plazas y costaneras
o sus huellas resentidas.
Piensa la tremenda agudez
de sus orejas,
ante la cual el bullicio
no frena
su voluntad de estruendo
y justo al lado
se posa drástico
el amor
con sales sometidas,
a corroer la voz
para caer después
como cualquier olvidable hoja.


De piedra



 

Gota a gota
he crecido en esta gruta.
Inmóvil columna
que el tiempo
ha dejado acumular
con reproches de calcita.
Vencida alegría
petrificada
en impelida arpa
de sombra.
La vasta paz
del pasadizo
por una luz austera
que alza los sentidos.
Ecos estentóreos
los grandes deseos
abren poros del brocal
cantando oscuridad
reiterativa
y se humedece
el cenit techado,
la muda procesión…
Silencio de asceta
siento
oxidarse en la sangre
que resuena
mi campana de adoquín;
ejecutando el compás
de este desvelo
en un polen de vapor
tentando a la erosión…
¿Qué seré mañana
jugando en tus cabellos…
una entrada más
en el arco ciego de tus cejas?
¿Volveré a difundir
el movimiento de mis frutos…?
¡Cuánto engaña
mi cuerpo de piedra!


Una experiencia en el mar



Miradas explayadas, 
sombra y tormenta
en niveles superiores de desgracia.
El agua en el horizonte
es tinta oscura
alternativa, valor, miedo
que viene del tiempo y responde
a la tortura viviendo
a la par del organismo,
que siente fabricar
sus sacudidas al unísono...
El hombre trata de burlar
las leyes todas 
y en el imperio grisáceo
no supera el explícito infernal
impreso en el paisaje.
La alegórica flotadura
siente el peso gravitacional
y la mirada honda
es azul monótono
con nombre de una era,
donde no equivalen los peces
de aceras y parques
o los escuálidos sumergidos 
en poder ordenando el límite 
razonable de este borde 
sórdido de la vida.
Con aletas imperfectas
y remos del terror
en medio de la espesa bruma
se anuda este exánime color,
en su oficio de engendrar 
más duda a las comparecencias
de nuevas hecatombes.
Y entonces...
me imagina adentro
el atrevido sapiens
ahora noticia, en la nada 
creciente de último oxígeno 
respirando sueño y el viento trae
dientes de coral para amputar 
mi atrevimiento y me desviste 
una espuma roja rociada
con barcos impertérritos
a la vista de Njord, Poseidón,
Neptuno y los torpedos albergados
en mi intríngulis añosa deshaciendo
el mar de nuestros ojos,
mientras se abroga la luna 
de Yemayá en el seguro y amplio 
pasillo hacia la muerte.


El rastro fijo de la muerte en vida



 
No se han movido los nativos kitsch
colgados desde el agujero como un disparo antiguo
y la intención primera aún perdura
de las tiernas manos sin alternativas
que casi nunca están visibles.
Por eso sostienen la mirada derramada en la costumbre
invitada a este inconsciente signo de morir,
ante esa orden nunca dada
con heridas trascendiendo sin interrogantes,
o fluyentes elogios descabellados
que hoy nada aportan decadentes.
El incomodo del jarrón, por ejemplo,
muestra flores del petróleo de Bakú
que no interroga al gusto en el Caribe;
y el polvo de una guardarraya
tampoco puede combinar con matriuskas alineadas,
por esa herencia del rojo más imperativo
implantado por la sangre.
Todos se aferran a ser uno de nosotros,
resignados en un rincón inadvertido
de pudendo peculiar,
hasta que el futuro conjeturable 
muere de abstracta posesión,
y ese reto de seguir plantando
tanta nueva indiferencia
llega a los que arriman su latir.
Pero la muerte siembra su bostezo
en el ala ocasional del sólido objetivo,
que la impúdica corriente transmutó en mal gusto
pues, las paredes al menos, necesitaban conocer el cambio.
Así que no sólo de pintura murieron estas casas
envueltas en cortinas, encajando sueños por llegar
como moscas semejantes a sus páginas
imposiblemente blancas, 
teñidas con la cal deprimente de los años,
en el sitio que otrora instauraba un color promiscuo.
Y ahora ya no poseen aquella gracia primigenia,
lidiando en tanta dejadez de gestos, impulsos infravalorados,
desierta nada sin notar el desaliño
dispuesto a reflejar la opacidad.
Nada aprenden las comunes piezas
y no le inquieta el flujo visitante, las modas del exilio
violando las pupilas de lo nuevo;
la terneza de lo digno acurrucándose 
en la germinada fruta de la incertidumbre.
Montábamos el hogar sobre la huella depositada
por tantos ausentes y le atamos el respeto
en su descanso vitalicio sin moverle un ápice.
Pero hay momentos que alguien le distingue
el hálito y suprime el vendaval crítico
que doquier habita infatigable.
No hay tiempo para arrobar espacio
y los jueces moribundos de tristezas
suben o bajan sin aprensión
para que siga la brisa del cariño, 
la reina sin porqués en las necesidades.
De modo que ponerles un adorno en malos tiempos,
le impone otra costumbre a la beldad
disipando su insegura impronta,
con puro amor sostenido y resuelto en la conciencia.
Hay en los adornos un cráter de historia 
que nada significa, simplemente aquél instante
y ahora el tiempo les trae referencias;
aunque yo advierta su pena abrumada con yeso
o con madera de inane muerte decorada,
acuñando el inmóvil desafío
en paredes cuajadas de cemento.